A estas alturas del siglo XXI, cada vez esta más claro que este rinconcito del universo junto al calor de nuestra estrella no es un lugar único en el sentido químico y físico de la palabra.
Durante las últimas décadas algunos descubrimientos, como la presencia de océanos de agua líquida en otros mundos (véase Europa o Encélado), o la tan esperada confirmación de la existencia de planetas similares a la Tierra alrededor de otros soles, apoyan esta percepción.
En una especie de apéndice al principio cosmológico, vemos continuamente en medios y redes sociales cómo personas expertas nos hablan del enorme número de lugares que podrían sostener la vida en nuestra galaxia. Y que por lo tanto, debería haber surgido en muchos otros lugares, estadísticamente hablando, claro está. De hecho, si se dan las condiciones, entre lo improbable y lo inevitable solo hay tiempo. Pero en cierto sentido podríamos darle la vuelta a esta estadística.

Hace pocas semanas el telescopio espacial James Webb aportaba nueva evidencia de la existencia de moléculas de metano, dióxido de carbono, así como un posible indicio de DIMETILSULFURO (o DMS), en el exoplaneta K2-18b. En la Tierra, el DMS lo produce el plancton marino. De ahí el revuelo generado en medios. Pero, si finalmente se llegase a tener evidencia del DMS en dicho exoplaneta, tampoco sería una prueba suficientemente sólida para afirmar la presencia de vida en él, puesto que desconocemos la química de dicho mundo. Un mundo donde quizás la interacción de metano y azufre pueda estar fabricando DMS. A pesar de ello, parece que vamos completando la lista de la compra para la receta de la vida, hecho que nos empuja a pensar que el hallazgo de pruebas irrefutables de vida extraterrestre está al caer.
No obstante, incluso teniendo en cuenta el potencialmente enorme número de lugares de la galaxia idóneos para que esta surja, podríamos estar totalmente equivocados. Primero porque no sabemos cómo surge la vida. Y segundo, porque contamos tan solo con un único ejemplo de química de la vida. Pero cuando no hay pruebas, no hay nada más divertido que especular.
Imaginemos ahora que la vida, tal y como la conocemos, fuese realmente un accidente químico extremadamente improbable, un cúmulo de circunstancias y agentes infinitamente complejo de reproducir. Si esta fuese tan rara que solo estuviésemos nosotros en toda la galaxia ¿Qué tipo de universo observaríamos a nuestro alrededor?

Pues por desalentador que parezca, podría ser el que vemos actualmente. Uno de esos posibles universos es precisamente el que estamos observando. Bien, sabemos que al menos en una ocasión surgió y por lo tanto no es imposible. Pero si fuese extremadamente improbable, entonces necesitaríamos un entorno plagado de posibilidades, moléculas precursoras, ambientes idóneos, sea en planetas en zonas de habitabilidad, en lunas de planetas errantes, o quien sabe en qué otro tipo de ambiente. Porque para que la estadística nos lleve con seguridad hasta el premio gordo de la vida, tenemos que poder comprar muchas papeletas.
Quizás, en una suerte de principio “biotrópico”, si comparamos la improbabilidad de la vida con la de una moneda que cae de pie, dicha moneda observará un entorno lleno de compañeras (algunas girando y muchas tumbadas), un lugar lleno de intentos y de posibilidades. ¿Podríamos en este caso seguir pensando que la vida es un proceso químico probable, vista la abundancia de materiales y entornos aparentemente aptos? Puede que la respuesta esté más cerca de lo que creemos: en nuestro propio planeta.
(Continuará)


