¡Maravillosamente bien!
Bueno, depende. Para lunáticas y lunáticos como yo las noches con Luna son preciosas, curiosas y estimulantes. Pero si pretendes ver lo que llamamos objetos de cielo profundo, en ese caso la noche ideal es aquella en la que nuestro satélite natural no refleja luz, las noches de Luna Nueva.
Y he dicho bien, refleja, porque la Luna no tiene luz propia. Esa preciosa luminosidad que desprende la Luna, y que nos permite verle detalles a simple vista aún estando a unos 380 000 kilómetros de la Tierra, es luz procedente de la estrella más cercana, el Sol. La luz del Sol rebota en la superficie de la Luna y llega hasta aquí permitiéndonos ver zonas, formaciones y relieves, de otro mundo.
Puesto que desde ella nos llega tanta luz, esto hace que otros objetos más débiles y/o lejanos, permanezcan ocultos a nuestros sentidos, apagados para nuestros ojos, e incluso para los telescopios.
Las nebulosas, cúmulos, galaxias y muchas estrellas solo son visibles, en su mayoría, las noches de Luna Nueva. Afortunadamente, la Luna puede complacerte tanto si la amas como si la detestas, ya que tiene fases y todas son bellas.
A nuestro satélite lo datamos por días y nos ofrece cada noche una imagen distinta. A la Luna Llena (la de 15D), aunque se la supone muy espectacular deja bastante que desear porque carece de detalles, solo se ven las formaciones más grandes. Sin embargo, nada tiene que ver una Luna de 2 días con una de 6, o de 10, ya que en cada momento nos permite apreciar elevaciones y cráteres muy diferentes. Es un paseo continuo por su superficie que no deja de sorprenderte.


